Mi viejo iba a pescar a la playa, desde la orilla del mar, a la mañana muy temprano o al atardecer. Nosotras lo acompañábamos, juntábamos almejas para carnada, corríamos por la arena y nos salpicábamos con la espuma.
El viejo armaba la caña, pasaba la línea y comprobaba que todo funcionara bien. Llevaba un baulito de pesca, de metal azul oxidado, donde todo estaba desprolijamente ubicado. Había marañas de tansas, anzuelos sucios y un cuchillito con mango de hueso tallado cuyo filo era mínimo.
Cachilo, mi papá, tenía una idea absurda con el agua y los metales. Él sostenía que si se lavaba el metal, se oxidaba; salvo el acero inoxidable, no se animaba a discutir su inoxidabilidad ya que estaba en el propio nombre. Si había algo que mi viejo no toleraba era la incoherencia. Entonces no lavaba el auto, ni el cuchillito, ni los anzuelos, ni el baulito... y todo inexorablemente se iba oxidando y perforando con el paso del sucio tiempo.
Clavaba el portacaña en la arena mojada y se metía al mar, hasta la cintura, enfrentando las olas frías y el viento húmedo del poquito sol con sus pantorrillas bien formadas; hacía un movimiento particular para que no se mojara su panzota: siempre quedaba sostenido por una pierna, inclinaba el cuerpo hacia las olas y avanzaba por la rompiente. En cuclillas lo miraba entrar al mar, con mis piernas flacas y muerta de frío. Me encantaba compartir esos cachitos de vida de mi viejo.
El gordo no sabía nadar, no le gustaba mucho eso de divertirse entre las olas, pasarlas por arriba o dejarse revolver con la rompiente. Ni podía flotar: se ponía a hacer la plancha, lentamente el cuerpo rígido se iba hundiendo hasta que le quedaba la nariz, los ojos saltones, un medanito de panza, la boca fruncida afuera del agua y finalmente una ola rezagada lo volteaba como a un barril.
La pesca no era, la mayoría de las veces, muy fructífera. Unas borriquetas que volvían al mar con la boca lastimada, una raya que regalaba a alguien que pasara por ahí. El resto de los pescadores tenían equipos más sofisticados y pescaban más o menos lo mismo. Creo que a mi viejo le gustaba estar a solas con sus pensamientos y sus hijas revoloteando por ahí. Cuando se sentaba a la orilla con la caña en la mano o la entregaba para que nosotras pescáramos, a veces, nos contaba historias del Capitán Furia del que sólo recuerdo eso.
Un día la caña se movió más de lo habitual del ciclo de las olas y mi viejo se plantó en la arena jugando con la caña con movimientos de avance y retroceso. Cuando todo quedó calmo vimos, que de la punta de la línea, venía algo más que la plomada de ganchos que lastimaba las olitas finales: algo plateado que no quería salir del mar vino enganchado en ella.
Una corvina.
La sonrisa del viejo fue inolvidable así como el espanto de ver al pescado ahogarse en el aire a la orilla del mar.
Cuando volvimos a la casa él le sacó las escamas al pescado, le cortó la panza por la mitad y mi vieja lo cocinó vaya a saber con qué.
La cena frente a la fuente sepulcral de la corvina fue un fracaso. Nosotras llorábamos por la pobre corvina, mi viejo puteaba diciendo que no iba a pescar más y mi vieja, como no le gustaba el pescado, aprovechaba para no comerlo.
Volvió a pescar pero nunca más llevó una corvina a casa.
6 comentarios:
Acabo de leer tu relato y me gustó mucho, tal vez porque es simple y corto y porque tiene imagenes muy claras.
Ahora con el permiso de mi ansiedad voy a leer un poquito mas. Gracias por el relato.
Martin
Gracias. Voy a leer tu novela.
Gabriela
Me hiciste reir manguito... en mi opinion, estos recuerdos de la infancia es lo mejor que escribís. Salvo cuando te estás peleando con alguien (que no sea yo), ahí tambien escribís bárbaro!
Me emocionaste, el vivo retrato de tu viejo. Una de las imágenes más nítida que guardo es la que refleja tu relato y los miles de pejerreyes que cociné en San Bernardo con la ayuda de tu abuela
Mimi
SinTitulo.txt dice:
Pobre Corvina la encuentro un poco enroscada en este relato metaforico y gris como te suele caracterizar. Cero y unos o mas bien blancos y negros en contraste. El verso de la crema con olor a pescado. No te pelees ...
No me gustan las intrigas.
Publicar un comentario